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Científicos prevén fecha de la extinción humana con un 95% de precisión

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La humanidad siempre ha buscado prever su propio final. Ya sea por miedo o por cálculos matemáticos, esta búsqueda, en algunos casos, es una curiosa combinación de ambas razones. A lo largo de la historia, desde las profecías religiosas hasta los modelos científicos más recientes, el fin del ser humano ha sido tema de especulación y análisis riguroso.

Una de las predicciones más famosas es el “argumento del juicio final”, presentado en 1983 por el astrofísico Brandon Carter. La propuesta no se basa en asteroides, pandemias, guerra nuclear o cambios climáticos, sino en algo más frío: el conteo de personas. Carter calculó que aproximadamente 117 000 millones de humanos han nacido a lo largo de la historia. En la actualidad, la población mundial supera los 8 000 millones de habitantes, pero este dato solo incluye a los vivos; su cálculo abarca todos los nacimientos desde la aparición de nuestra especie.

Con base en ello, Carter aplicó el principio copernicano, inspirado por Nicolás Copérnico, que sostiene que la Tierra no ocupa una posición privilegiada en el universo. Esto implica que no deberíamos asumir que vivimos en un momento extraordinario de la historia humana, ni al inicio de una expansión infinita ni en los instantes finales.

El razonamiento subyacente es de naturaleza probabilística. Si todos los humanos que han vivido y vivirán fuesen dispuestos en una fila, resultaría más probable encontrarnos en un tramo medio de ese conjunto, y no en un punto excepcional al principio o al final. Para ilustrar esta idea, se suele usar la analogía de dos urnas: una con bolas numeradas del 1 al 10 y otra del 1 al 100 000. Si alguien extrae la bola número 4, lo más probable es que provenga de la urna más pequeña. Un número bajo tiende a indicar un conjunto total de menor tamaño.

Aplicándolo a la humanidad, Carter argumentó que, estando cerca de los 100 000 millones de nacimientos, es más probable que el total final no llegue a los miles de millones de trillones sin fin. Su estimación sugiere que unos 2,34 billones de personas nacerían antes de que la especie humana desaparezca.

El año en que la cifra alcanza niveles preocupantes se obtiene dividiendo ese total final estimado por la tasa actual de nacimientos, que ronda los 130 millones de partos al año. Con esos datos, harían falta unos 17 100 años adicionales para llegar a 2,34 billones de nacimientos. Sumado al momento presente, la predicción apunta que el “juicio final” demográfico podría darse alrededor del año 19 100 d.C. Ni es un fin repentino, ni la eternidad cósmica que a menudo imaginan las obras de ciencia ficción, distribuida por galaxias durante millones de años.

El punto más controvertido de esta teoría es que no señala una causa específica de extinción: no menciona virus letales ni guerras internas ni desastres ambientales definitivos. El argumento únicamente busca definir una ventana estadística con base en nuestra posición en la secuencia global de todos los humanos que existirán.

Por ello, muchos científicos reciben la propuesta con cautela. El cálculo depende de supuestos fuertes: mantener una tasa de natalidad constante, no emprender una colonización espacial masiva, no extender indefinidamente la supervivencia tecnológica y aceptar una interpretación particular de la probabilidad. Cambiar cualquiera de esas variables podría desestabilizar por completo la predicción matemática.

Brandon Carter, conocido por su contribución a la física aplicada a la cosmología y a las teorías antropológicas, ilustró cómo un argumento meramente numérico puede generar un escenario prospectivo sorprendentemente concreto. El principio copernicano, empleado en este contexto, ha servido también para estimar la duración probable de otras civilizaciones y para discutir fenómenos como la paradoja de Fermi, que cuestiona la ausencia de señales de vida extraterrestre pese a la aparente abundancia de planetas habitables.

Más allá del debate sobre fechas y cálculos, el argumento del juicio final representa un ejercicio intelectual: en lugar de buscar señales apocalípticas en el cielo, propone observar una fila invisible de nacimientos y preguntarse en qué posición nos encontramos. Así, la extinción de la humanidad no se hace visible por un gran cataclismo, sino por la estadística de nuestra propia sucesión.

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