Adoptar un perro de refugio que ha pasado por traumas y está emocionalmente “cerrado” es un acto loable, pero que conlleva desafíos prácticos significativos en el día a día. Ante un animal miedoso, retraído o reactivo, muchos tutores inexpertos no saben cómo ganarse la confianza del nuevo miembro de la familia.
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La clave para una transición exitosa no reside en demostraciones forzadas de afecto, sino en respetar el ritmo de respuesta del propio animal y adoptar estrategias de conducta básicas durante las primeras semanas en casa.
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Esta realidad la vivió Gabriela Nogueira, voluntaria que colabora con el Refugio Flora y Fauna en ferias de adopción y ofreciendo hogar temporal a animales necesitados. En febrero de 2025, decidió adoptar a Oswaldo, un perro extremadamente debilitado y sin reacción. El equipo temía que no resistiera mucho tiempo más si continuaba en el refugio.
El inicio de la convivencia estuvo marcado por dificultades. Oswaldo, rescatado tras el abandono y malos tratos, rechazaba el contacto, intentaba morder y llegó a atacar a otro perro de la casa. Gabriela sufrió una mordedura al intentar separar una pelea y tuvo que recibir la vacuna contra la rabia. Además del trauma emocional, el animal presentaba secuelas físicas y una deficiencia visual.
El apoyo de Heloisa Helena, madre de Gabriela, fue esencial para que Oswaldo se sintiera seguro en su nuevo hogar. Aunque fue Gabriela quien llevó al perro a casa, Oswaldo conectó con Heloisa, estableciendo un vínculo fuerte de seguridad y afecto.
Con paciencia, el miedo fue superado. Hoy, más de un año después de dejar el refugio, Oswaldo es un perro transformado: dócil, juguetón y cariñoso. Historias como esta demuestran que recuperar la confianza de una mascota maltratada exige tiempo y respeto al ritmo del animal.
Muchos tutores intentan crear un vínculo instantáneo con la nueva mascota, pero la veterinaria Ambika Vaid-Sidhu advierte que actuar con prisa tras la salida del refugio es un error. “Ve más despacio de lo que crees necesario. En estas primeras semanas, un perro rescatado está liberándose del estrés, tratando de entender si este nuevo lugar es seguro”, explica.
En lugar de forzar las muestras de cariño, la recomendación es establecer una rutina predecible. Mantener horarios fijos para las comidas, los paseos y las interacciones ayuda a reducir la incertidumbre del animal.
La especialista insiste en que la confianza se construye en pequeños momentos que se repiten a diario. Por ello, ofrecer un espacio tranquilo para que el perro pueda aislarse es indispensable.
Evitar fiestas ruidosas y visitas frecuentes durante los primeros días es esencial para no estresar al recién adoptado. El exceso de estímulos puede dejarlo acobardado y con miedo.
La orientación es no saludarlo de manera directa, no forzar abrazos ni inclinarse sobre él. Las interacciones iniciales deben ser calmadas y siempre bajo los términos del perro.
La veterinaria alerta sobre la forma de reaccionar ante las señales de incomodidad. Los tutores nunca deben castigar los comportamientos de advertencia, como los gruñidos. “Un gruñido es una información. Es tu perro diciéndote que está incómodo, y es mucho mejor que la mordida que llega cuando un perro aprende que gruñir lo pone en apuros”, puntualiza.
No todo comportamiento retraído o agresivo de un perro recién salido de un refugio tiene un origen psicológico. Un error común es asumir que el animal tiene mal carácter por el trauma de aislamiento.
Vaid-Sidhu reflexiona que dolores físicos ocultos o enfermedades subyacentes pueden motivar la conducta reactiva del animal. “Un perro que retrocede, se esconde o avanza puede estar sintiendo dolor. Ninguna paciencia corrige un problema médico”, concluye.
Afecciones clínicas como infecciones de oído, lesiones antiguas o enfermedades dentales graves alteran el estado de ánimo de la mascota. Un examen veterinario detallado al inicio de la adopción ayuda a diagnosticar estos problemas.
Incluso siguiendo todas las recomendaciones, algunos animales rescatados de un refugio necesitan semanas o meses adicionales para relajarse por completo. Esperar gratitud o afecto inmediato son expectativas irreales que suelen frustrar a los dueños.
Para guiar este proceso, los especialistas utilizan la regla del 3-3-3 como cronograma básico. Sugiere que la mascota necesita tres días para descomprimirse, tres semanas para asentar la rutina y tres meses para sentirse en casa.
Cada animal tiene un tiempo de recuperación único, y el proceso no debe interpretarse como un fracaso del tutor. La paciencia constante es la clave del éxito.
Si el miedo crónico, el aislamiento o la reactividad del perro no mejoran con el tiempo, el tutor debe buscar apoyo profesional.
La recomendación final de la Dra. Ambika Vaid-Sidhu es contactar con un adiestrador certificado o un veterinario especializado en conducta. “Ve al ritmo de tu perro, protege su sentido de seguridad y la confianza vendrá de forma natural”, concluye.
Este artículo fue publicado originalmente en PAIPEE.


