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Lula y Flávio enfrentan alto rechazo en las encuestas electorales

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Las encuestas más recientes de intención de voto empiezan a mostrar un escenario peculiar en la política brasileña. Según un sondeo del instituto Meio/Ideia, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva afronta un rechazo del 46,4 %, mientras que el senador Flávio Bolsonaro registra un 43,4 %. El mismo estudio revela que el 51 % de los entrevistados cree que Lula no merece un nuevo mandato, el 48,5 % desaprueba su gestión y el 41 % valora el gobierno como malo o muy malo. Los datos fueron recopilados entre el 3 y el 6 de julio, con 1.500 participantes, margen de error de 2,5 puntos porcentuales y nivel de confianza del 95 %.

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Estos resultados dibujan un panorama que puede resumirse con la expresión: la elección del “ni-ni”. Ni Lula, ni Flávio. Es decir, una parte significativa del electorado muestra insatisfacción con los dos principales nombres de la contienda. Este fenómeno va más allá del rechazo individual e indica un agotamiento político.

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En un primer vistazo, el escenario parece contradictorio. ¿Cómo pueden liderar la carrera presidencial dos candidatos con un alto nivel de rechazo? La respuesta radica en la naturaleza de los sistemas políticos polarizados. En contextos de fuerte división ideológica, el rechazo no impide la competitividad electoral. Los candidatos son votados no solo por el entusiasmo que generan, sino porque representan un obstáculo al adversario.

Así surge el llamado voto negativo. El elector no elige necesariamente a su candidato favorito, sino aquel que considera el mal menor o más apto para impedir la victoria del rival. La elección se transforma de un concurso de popularidad en una disputa de rechazos.

Este comportamiento no es exclusivo de Brasil. Varias democracias actuales afrontan un aumento de la polarización afectiva, donde los votantes desarrollan sentimientos más intensos contra el bando político opuesto. En estos casos, la identidad partidaria y el rechazo al adversario se vuelven tan o más importantes que la valoración objetiva de los programas de gobierno.

El resultado es un curioso paradoja democrático. Cuanta mayor polarización, menor espacio para alternativas intermedias. Aunque exista un electorado insatisfecho con ambos polos, ese sentimiento no siempre se traduce en apoyo a una tercera vía. La lógica del voto útil, impulsada por el miedo a favorecer al adversario, empuja a parte de ese electorado de vuelta a uno de los extremos.

Las encuestas recientes ilustran este dilema. A pesar de los elevados índices de rechazo, Lula y Flávio Bolsonaro continúan en las primeras posiciones en las simulaciones divulgadas por el mismo estudio. Esto sugiere que el rechazo, por sí solo, no basta para apartar a un candidato de la contienda cuando su base electoral permanece sólida y movilizada.

Surge, por tanto, una elección singular. No será, necesariamente, la victoria del candidato más querido, sino posiblemente la del menos rechazado en determinados segmentos del electorado o de quien logre ampliar su aceptación más allá de su núcleo fiel de partidarios. En disputas de este tipo, pequeñas variaciones entre los votantes independientes pueden resultar decisivas.

Otro aspecto a destacar es el crecimiento del sentimiento “ni-ni”, que indica que parte de la sociedad desea una renovación política, pero aún no ha encontrado un liderazgo capaz de transformar esa expectativa en fuerza electoral competitiva. Existe demanda de alternativas, pero la oferta política sigue concentrada en los mismos polos que dominan el debate nacional desde hace años. Esta situación da lugar a una democracia paradójica: la mayoría muestra insatisfacción con los protagonistas, pero el sistema político sigue llevando al elector a escoger entre ellos. Es como si el proceso electoral limitara las opciones justo cuando crece el deseo de nuevos caminos.

La elección de 2026 podría, por tanto, ser recordada como la elección del rechazo recíproco. No la consagración de un liderazgo ampliamente aceptado, sino la elección posible en un entorno profundamente polarizado. El vencedor quizá no represente un gran consenso nacional; podría ser simplemente quien consiga generar menos resistencia en el momento decisivo.

Este es, posiblemente, el mayor desafío de la democracia brasileña: reconstruir puentes de confianza entre representantes y representados, reduciendo la distancia entre el deseo de renovación de la sociedad y la capacidad del sistema político de ofrecer alternativas que superen la lógica permanente del enfrentamiento entre dos campos antagónicos.

GAUDÊNCIO TORQUATO es profesor emérito de la USP, periodista, escritor y consultor político.

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