Dormir con la TV encendida puede parecer un hábito inofensivo, pero la psicología contempla este comportamiento como una pequeña ventana a la forma en que una persona afronta el silencio, la ansiedad, la soledad y la rutina. Esto no significa necesariamente que exista un problema emocional. En muchos casos, es simplemente una estrategia aprendida para relajarse. El sonido de la televisión actúa como un fondo previsible, llenando el espacio que, para algunas personas, resulta incómodo cuando todo a su alrededor queda en silencio.
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Los psicólogos indican que muchas personas utilizan la televisión como forma de distracción frente a pensamientos acelerados. Cuando la casa está en silencio, las preocupaciones del día, las tareas pendientes, los recuerdos y los miedos pueden hacerse más intensos. La TV funciona como un ruido organizado: hay voces, historias y movimiento, pero sin exigir participación activa. A diferencia de conversar, trabajar o usar el teléfono, el cuerpo permanece en reposo mientras el cerebro recibe estímulos suficientes para no sumergirse rápidamente en pensamientos incómodos.
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El confort del ruido familiar
Un aspecto relevante es la familiaridad. Muchas personas no dejan un programa cualquiera en emisión. Prefieren series que ya conocen, programas ligeros o canales repetidos, reduciendo así la sensación de sorpresa. El cerebro interpreta que no va a suceder nada demasiado exigente, como si la TV fuera una compañía domesticada, ubicada en un rincón de la habitación.
También está el componente de la soledad. Quienes viven solos, han perdido a alguien, trabajan en horarios irregulares o crecieron en casas siempre ruidosas pueden sentir extraño dormir en completo silencio. La televisión llena el entorno con señales de presencia humana. Las voces de fondo crean una sensación de seguridad, incluso si nadie está físicamente allí.
Desde la perspectiva de la psicología, este tipo de hábito puede considerarse una forma de autorregulación emocional. La persona recurre a un recurso externo para disminuir la tensión interna. El problema surge cuando cree que solo puede conciliar el sueño de esta manera. En ese punto, la costumbre deja de ser una simple preferencia y se convierte en una dependencia conductual: sin la TV encendida, el cuerpo se mantiene en alerta, irritable o ansioso.
El efecto sobre el sueño
En términos de descanso, la situación se complica. La televisión emite luz, sonidos y cambios bruscos de imagen. Aunque la persona ya haya caído dormida, el cerebro sigue procesando parte de esos estímulos. Esto puede fragmentar el sueño, retrasar la entrada en las fases más profundas del descanso y provocar que uno se despierte con una sensación de no haber descansado lo suficiente.
Diversas investigaciones asocian el uso de pantallas por la noche con horarios de sueño más tardíos, menor duración total y peor calidad del descanso. La luz, especialmente en entornos oscuros, puede alterar el ritmo circadiano, el reloj biológico que indica al organismo cuándo es hora de dormir. El sonido tampoco es baladí: una explosión en una película, una vineta fuerte o un cambio repentino de volumen pueden generar microdespertares que a veces pasan inadvertidos hasta la mañana siguiente.
No todas las personas responden igual. Hay quienes duermen bien con la TV a bajo volumen y el temporizador activado. Otros, sin embargo, ven su descanso deteriorado. La diferencia suele residir en el tipo de contenido, el volumen, la intensidad de la luz, el tiempo de exposición y el motivo emocional que motiva el hábito.
Para quienes desean reducir esta dependencia, una alternativa es sustituir la TV por audio relajante, ruido blanco, podcasts monótonos o música suave, preferiblemente con temporizador. Otra estrategia consiste en mantener la pantalla fuera del campo visual y bajar el brillo. El objetivo no es convertir el dormitorio en un entorno perfecto, sino enseñar progresivamente al cerebro que el silencio no tiene por qué asociarse con un vacío amenazante.
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