La política contemporánea, además de ser un espacio de diálogo y negociación, con frecuencia se expresa como si estuviera en un campo de batalla. Los candidatos no solo disputan elecciones: “entran en guerra”. Los adversarios se ven como enemigos, y las campañas se organizan con “estrategias”, “tácticas”, “objetivos”, “fuego concentrado”, “ataques”, “maniobras”, “ocupación de territorios” y el intento de “aniquilar” la resistencia de los otros.
El lenguaje utilizado revela más de lo que aparenta. Cuando la política adopta términos bélicos, expone su naturaleza conflictiva. Cada campaña es una batalla por corazones, mentes y territorios sociales y simbólicos. Existen generales de marketing, soldados en las calles, artillería digital, infantería partidaria, trincheras ideológicas y bombardeos de versiones. El voto se convierte en el territorio a conquistar.
Desde el punto de vista de la lingüística y la teoría de la metáfora conceptual, tal como plantean George Lakoff y Mark Johnson en Metaphors We Live By, el uso de metáforas bélicas en el discurso político moldea la forma en que los ciudadanos perciben conflictos y soluciones. Según estos estudios, las metáforas no son meras ornamentaciones lingüísticas, sino estructuras cognitivas que influyen en la interpretación y la toma de decisiones. Aplicado a la política, este enfoque sugiere que hablar de “batallas electorales”, “frentes de opinión” o “bombardeos mediáticos” puede reforzar la idea de confrontación y obstaculizar la deliberación pacífica y constructiva.
Sun Tzu, el general-filósofo y autor de El arte de la guerra hace más de 2.500 años, enseñaba que la victoria suprema es vencer sin luchar. En política, esto significa desarmar al adversario antes de un ataque: ocupar su agenda, confundir sus bases, anticipar sus movimientos y atraerlo a terrenos desfavorables. Miyamoto Musashi, maestro samurái y autor de El libro de los cinco anillos, aconsejaba ver lo lejano como cercano y lo cercano como lejano. En su obra ofrece lecciones sobre percibir detalles ocultos, debilidades invisibles y el momento preciso de “cruzar el arroyo”.
Nicolò Machiavelli, considerado el padre de la ciencia política y célebre por El príncipe, mostró que el poder rara vez se ejerce con manos limpias. Apariencia, disimulo, cálculo y administración del miedo forman parte del repertorio de quien desea gobernar. El cardenal Mazarino, primer ministro francés (1602-1661), fue aún más directo: simular, disimular, prever antes de actuar, hablar bien de todos y no confiar en nadie. Esa es la dura cartilla de la política como arte de supervivencia.
Karl von Clausewitz, filósofo de la guerra, en su libro Sobre la guerra (publicado póstumamente en 1832), afirmó que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Hoy, quizá podríamos invertir la frase: la política a menudo parece la prolongación de la guerra a través de medios verbales, electorales y mediáticos. Ya Liddell Hart, ex-capitán y consejero del gabinete británico, en Grandes guerras de la historia, mostró cómo la estrategia indirecta ayuda a entender la política contemporánea: no siempre el ataque directo es el más eficaz. Con frecuencia gana quien desgasta lentamente, corroe la credibilidad, mina la moral adversaria y fuerza al enemigo a cometer errores.
El problema surge cuando la lenguaje de guerra deja de ser una metáfora y comienza a contaminar la democracia. El adversario se convierte en traidor. La divergencia se transforma en amenaza. La negociación deviene rendición. La prudencia pasa a ser considerada cobardía. El centro se estanca en un pantano. La política, que debería organizar el conflicto de manera civilizada, pasa a incendiarlo. Las campañas necesitan estrategia, disciplina, método y enfoque. Pero la democracia no es un campo de exterminio. El objetivo de la política no debería ser destruir al adversario, sino persuadir a la sociedad. No debería ser aplastar al otro, sino construir una mayoría legítima. No debería ser manipular al elector, sino presentar caminos.
La política puede aprender de los estrategas de la guerra, siempre que no olvide su finalidad civilizadora. Estrategia sin ética es emboscada. Táctica sin verdad es fraude. Comunicación sin responsabilidad es munición.
Al fin, la gran batalla democrática no es contra este o aquel adversario, sino contra la tentación permanente de convertir la política en guerra total. Porque cuando la política abandona la palabra como puente y la utiliza como espada, la democracia comienza a sangrar.
GAUDÊNCIO TORQUATO es profesor emérito de la USP, periodista, escritor y consultor político.


