
Atardecer en el Pacífico: señales del fenómeno de El Niño (Foto: Instagram)
El Niño se caracteriza por un aumento inusual de la temperatura de la superficie del mar en el Pacífico ecuatorial central y oriental. Este fenómeno climático representa una fase cálida de la oscilación del Sur (ENSO), en la que las aguas oceánicas alcanzan valores superiores a la media habitual. Durante los episodios de El Niño, la cubierta térmica superficial del océano experimenta variaciones que alteran el equilibrio energético entre el mar y la atmósfera.
El fenómeno de El Niño se produce cuando los vientos alisios, que normalmente soplan de este a oeste en el ecuador, se debilitan o incluso invierten su dirección. Esta modificación de la circulación atmosférica reduce el arrastre de aguas frías profundas hacia la superficie, provocando que las capas superficiales se calienten progresivamente. Además, la termoclina —esa frontera que separa las aguas cálidas superficiales de las frías profundas— asciende, contribuyendo a temperaturas más elevadas en la superficie oceánica.
El término “El Niño” fue acuñado hace siglos por comunidades costeras que observaban el calentamiento del agua en época navideña, en alusión al Niño Jesús. Tradicionalmente, los registros históricos y los análisis paleoclimáticos indican que este proceso se repite con una periodicidad promedio de entre dos y siete años. La duración de cada evento varía, pero suele mantenerse activo durante varios meses, pudiendo prolongarse hasta más de un año en casos extremos.
Los episodios de El Niño influyen de manera directa en los regímenes de lluvias y sequías a escala mundial. En áreas tropicales y subtropicales, puede generar precipitaciones extraordinarias en algunas regiones y profundas sequías en otras. Asimismo, afecta a las corrientes marítimas y a la productividad biológica del océano, alterando las poblaciones de fitoplancton y organismos marinos que sustentan la cadena trófica.
Para anticipar y seguir la evolución de El Niño, los servicios meteorológicos y oceanográficos utilizan redes de boyas, satélites y puntos de observación fijos. Estos sistemas miden parámetros como la temperatura superficial del mar, la presión atmosférica y la velocidad del viento. A partir de estos datos, se alimentan modelos numéricos que permiten emitir alertas sobre la intensidad y duración probable del fenómeno, facilitando la planificación en sectores sensibles como la agricultura, la gestión del agua y la prevención de desastres naturales.
Comprender el funcionamiento de El Niño resulta esencial para reducir sus impactos socioeconómicos. Gracias al estudio continuo de este fenómeno, se han mejorado las capacidades de previsión estacional y se han diseñado estrategias de adaptación que minimizan daños en infraestructuras y recursos hídricos. El esfuerzo conjunto de científicos y autoridades contribuye a mitigar las consecuencias adversas, fortaleciendo la resiliencia de las comunidades ante las variaciones del clima.


