
Humo denso sobre el área de los Grandes Lagos muestra la crisis de calidad del aire en Chicago y Nueva York (Foto: Instagram)
Chicago registró el peor índice de calidad del aire del mundo en el último análisis global sobre contaminación atmosférica, mientras que en Nova York el aire se considera insalubre según las mediciones recientes. En Chicago, las concentraciones de partículas finas y otros contaminantes alcanzaron niveles sin precedentes, superando a ciudades con históricas alarmas de smog. Por su parte, Nova York atraviesa un periodo en el que la calidad del aire amenaza el bienestar de los grupos vulnerables y, en consecuencia, las autoridades locales han alertado sobre sus efectos.
El Índice de Calidad del Aire (ICA) es un sistema estandarizado que evalúa la presencia de distintos contaminantes, como las partículas en suspensión PM2.5 y PM10, el ozono troposférico, el dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono. Cada uno de estos elementos recibe una nota específica en función de su concentración, y el cálculo combinado arroja un valor global que se clasifica en categorías que van desde “buena” hasta “peligrosa”. Cuando el ICA supera el umbral de la categoría “insalubre”, se advierte riesgo para la salud de la población general y, especialmente, de quienes sufren afecciones respiratorias o cardiovasculares.
Entre las causas que explican la mala calidad del aire en Chicago destacan la presencia de industrias pesadas en las inmediaciones urbanas, el volumen de tráfico rodado y las condiciones meteorológicas que dificultan la dispersión de emisiones. Las inversiones recientes en renovables y en transporte público aún no han logrado contrarrestar el impacto de las fuentes tradicionales de contaminación. Además, episodios de altas temperaturas y estabilización de las capas de inversión térmica fomentan la acumulación de contaminantes en la atmósfera de Chicago, prolongando las rachas de aire irrespirable.
En cuanto a los riesgos para la salud, una exposición continuada a niveles elevados de contaminantes puede causar irritación de vías respiratorias, agravamiento del asma y de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, así como aumentar la probabilidad de sufrir eventos cardiovasculares agudos. Los grupos más sensibles —niños, personas mayores y quienes presentan enfermedades crónicas— son los primeros en experimentar síntomas como tos, ojos llorosos o falta de aliento. No obstante, la población en general también puede verse afectada tras varias horas de actividad al aire libre.
La situación en Nova York refleja, en menor grado, una problemática similar: el aire es considerado insalubre cuando el ICA rebasa el límite que marca “moderado”. En estos episodios, la ciudad advierte a sus habitantes sobre la reducción de actividades físicas intensas en espacios abiertos. Aunque Nova York no alcanzó cifras tan extremas como las de Chicago, sus episodios de mala calidad del aire coinciden con periodos de alta demanda energética y picos de emisiones de vehículos privados y de reparto.
La influencia de estos niveles de contaminación tiene un impacto directo en la vida cotidiana: escuelas y centros deportivos pueden restringir sus actividades, los servicios de salud registran un aumento de consultas por problemas respiratorios y se recomienda a la ciudadanía mantener las ventanas cerradas. La adopción de mascarillas con filtros especiales se ha convertido en una medida preventiva habitual para quienes deben sufrir largas estancias fuera de casa.
Históricamente, Chicago ha registrado otros picos de contaminación, pero nunca había liderado el ranking mundial en calidad de aire. En décadas pasadas, proyectos de limpieza urbana y regulaciones sobre emisiones industriales lograron reducir los niveles de partículas, aunque el crecimiento demográfico y el incremento del parque automovilístico han reavivado el problema. La tendencia reciente muestra una necesidad urgente de revisar políticas medioambientales y de transporte para evitar que Chicago mantenga este lugar indeseado.
Ante este escenario, las autoridades de ambas ciudades estudian medidas complementarias que incluyan ampliar zonas de bajas emisiones, fomentar el uso de transporte colectivo eléctrico y reforzar los sistemas de alerta ciudadana. Solo con un enfoque coordinado y sostenible será posible mejorar la calidad del aire y salvaguardar la salud pública de Chicago y de Nova York.


