El presidente estadounidense Donald Trump ha dado un paso contundente contra China. Mediante una orden ejecutiva firmada este lunes, Trump ha elevado los aranceles sobre productos chinos del 10% al 20%, utilizando como justificación la lucha contra el tráfico de fentanilo.

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La medida, anunciada inicialmente el 1 de febrero como parte de una estrategia para combatir la crisis de opioides, representa una escalada significativa en las tensiones comerciales entre Washington y Pekín. La Casa Blanca ha sido categórica: China no está cumpliendo con su responsabilidad de frenar la entrada de esta droga mortal en territorio estadounidense.

A diferencia de México y Canadá, que han implementado medidas para reducir el tráfico de fentanilo, China ha sido percibida como pasiva. Desde la perspectiva de la administración Trump, Pekín no ha tomado acciones concretas para interrumpir el flujo de esta sustancia que está causando estragos en la sociedad estadounidense.

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La estrategia de Trump revela una aproximación agresiva y sin precedentes en las relaciones comerciales internacionales. Mientras el presidente estadounidense actúa con rapidez y determinación, los líderes chinos adoptan un enfoque más cauteloso, intentando comprender las verdaderas intenciones de Trump y calibrar la profundidad de sus demandas.

El entorno diplomático refleja esta tensión. Asesores clave de Trump, como el Secretario del Tesoro Scott Bessent y el Secretario de Estado Marco Rubio, han mantenido conversaciones con sus homólogos chinos. Sin embargo, un diálogo directo entre Trump y el líder chino Xi Jinping sigue siendo esquivo, lo que añade una capa adicional de incertidumbre a las ya complejas relaciones bilaterales.

Esta escalada arancelaria no es solo un movimiento comercial, sino una declaración política que podría tener profundas implicaciones geopolíticas. Trump está redefiniendo las reglas del juego en el comercio internacional, utilizando los aranceles como una herramienta de presión diplomática y política.